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28 DOMINGO (A) 10/11/2026

Isaías 25: 6-10; Salmo 23; Filipenses 4: 12-14, 19-20; Mateo 22: 1-10

 

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1. P. Jude Siciliano, OP  <FrJude@JudeOP.org>

2. Sr. Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>

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1.

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28º DOMINGO (A) 11 de Octubre de 2026

Isaías 25: 6-10; Filipenses 4: 12-14, 19-20; Mateo 22: 1-1

Por: Jude Siciliano , OP

 

Estimados predicadores:

 


Nota previa: Mientras escribo esto, me siento más inclinado a dar un sermón de lo habitual, así que lo comparto con ustedes. Estoy seguro de que notarán la diferencia de estilo.


 

¿Se te hizo agua la boca al escuchar la primera lectura de Isaías?

 

«En este monte, Jehová de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos un banquete de manjares exquisitos…» Por si no lo habías notado, hay más. Isaías quiere dejar claro que lo entenderemos: «Manjares jugosos y exquisitos, y vinos puros y selectos».

 

Espero que hayas desayunado antes de venir hoy a la iglesia.

 

Resulta tentador —e incluso apetitoso— escuchar esas palabras. Evocan recuerdos de comidas celebradas en ocasiones especiales y festividades con familiares y amigos. Isaías se dirigía a un pueblo que conocía el hambre, el sufrimiento y la incertidumbre. Se preguntaban si Dios los había olvidado. ¿Había sido en vano su fe en Dios?

 

Isaías hacía una promesa a un pueblo que sufría y tenía hambre: a pesar de su condición, Dios no los había olvidado. Dios mismo les prepararía un banquete. ¿Dónde imagina el profeta que tendría lugar ese banquete? «En este monte». Es un lugar de seguridad y protección, donde Dios rescatará al pueblo de la tristeza y la miseria, de sus pruebas y humillaciones. Ya no vivirán bajo la opresión; serán invitados de honor.

 

En esa montaña no habrá fin a la comida ni a la bebida, y aún habrá más. Isaías promete: «En esta montaña destruirá el velo que cubre a todos los pueblos».

Por si no lo habían entendido, el profeta es muy claro:

“Él destruirá la muerte para siempre. El Señor Dios enjugará las lágrimas de todo rostro.”

 

Isaías hacía una promesa a un pueblo que aún no la había visto cumplida. Sus circunstancias no habían cambiado repentinamente. Su sufrimiento continuaba y, como nosotros, conocían el dolor de perder a sus seres queridos. Sin embargo, en medio de su mundo oscuro y sombrío, Isaías les presentó una visión del futuro.

 

¿Podían confiar en la promesa que Dios les hacía? ¿Podían tener esperanza en Dios a pesar de sus circunstancias actuales? ¿Era Dios un «cumplidor de promesas»?

 

Esa pregunta nos lleva a preguntarnos: ¿Hay señales de que incluso ahora Dios está cumpliendo la promesa expresada por Isaías y afirmada por Jesús?

 

¿Existen pruebas del Dios de la generosidad? ¿Del Dios de la alegría? ¿Del Dios de la abundancia? ¿Del Dios de la fidelidad? ¿Hay indicios de que este es Dios: un Dios que cumple sus promesas?

 

Para mí, la respuesta proviene de una experiencia personal.

 

Una señal tangible de la presencia de Dios entre nosotros fue una mujer llamada Teresa. Venía cada mañana a nuestra capilla dominicana para la Eucaristía y se unía a nosotros y a sus amigas. Tenía ochenta y tantos años y dejaba su andador fuera de la capilla. Yo solía bromear con ella sobre su vanidad. Pero su sonrisa siempre estaba presente. Era lo primero que se notaba. Siempre estaba impecable: con el pelo peinado, un traje de pantalón de colores vivos y zapatos rosas.

 

Teresa sabía que era bienvenida. Se había convertido en parte de nuestra familia dominicana. Se sentía como en casa, y después de la Eucaristía arreglaba las vestiduras y guardaba las estolas litúrgicas.

 

Al igual que la montaña que Isaías pintó para nosotros, Teresa nos alimentaba con abundancia. Junto con su amiga Anna, nos traía bayas, plátanos, manzanas, peras, frutas variadas, mermeladas y jarras de jugo de naranja para el desayuno después de misa.

 

En ocasiones especiales, ella preparaba todo el banquete. En el cumpleaños de un fraile, Teresa traía un pastel y velas, y después nos reuníamos con ella en el comedor para cantarle el "Feliz Cumpleaños". Luego, disfrutábamos de un gran banquete.

 

Era demasiado temprano para los "vinos selectos" que describió Isaías, pero, a pesar de todo, fue una experiencia inolvidable.

 

Teresa nos recordó a nuestro Dios: un Dios de abundancia que se da cuenta de nuestras necesidades, que nos saca de cualquier lugar de exilio en el que nos encontremos y que nos bendice con amigos amorosos y atentos como Teresa.

 

No solo nos trajo comida. La fe de Teresa también nos alimentó. No renunció a Dios a pesar de sus luchas físicas diarias. Tampoco perdió la fe tras la muerte de su amado esposo, Frank, y de su hijo, Michael. Cuando Michael falleció, dijo: «Se supone que los padres deben morir antes que sus hijos».

 

Su fe era en sí misma un testimonio del Dios que cumple sus promesas.

 

En nuestra celebración de hoy, tenemos esta mesa en esta montaña sagrada. Aquí celebramos a nuestro Dios, que nos alimenta con el mejor alimento y bebida que Él puede ofrecer: el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

 

Esta es una fiesta que mantiene viva nuestra esperanza, así como la promesa de Dios mantuvo viva la esperanza de Teresa.

 

Hoy, en una montaña elegida por Dios, ante una mesa de abundancia servida ante nosotros, Dios renueva la promesa de Isaías. Dios ha destruido el velo que cubre a todos los pueblos.

Dios ha destruido la muerte para siempre.

 

Así pues, nos acercamos a esta mesa con esperanza y con gratitud hacia cada Teresa que nos ha ayudado a reconocer que el amor abundante de Dios ya se nos está dando.

 

Haz clic aquí para acceder al enlace con las lecturas de este domingo:

https://bible.usccb.org/es/bible/lecturas/101126.cfm

 

P. Jude Siciliano, OP  <FrJude@JudeOP.org>

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2.

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Domingo Ordinario XXVIII (A)

10/11/2026

Isaías 25: 6-10;
Filipenses 4: 12-14, 19-10;
Mateo 22: 1-14

 

Todos conocemos la alegría que experimentamos cuando estamos en una celebración repleta con deliciosas comidas y buenos bebidos, amigos y compañeros que comparten nuestra gozo, y una razón para alegrarnos.  A veces hablamos de esta celebración durante días y semanas.  Es una ocasión de amistad e intimidad.  Comiendo la misma comida y compartiendo la misma hospitalidad nos une en una realización que somos parte de una comunidad donde podemos confiar.  Pensamos que estamos seguros y unidos por un común entendimiento de algo importante.  

 

Las ideas que sobresalen de las lecturas hoy son las de un banquete, del festín, de una comida rica que está preparada para los invitados. Leemos de vinos exquisitos y manjares sustanciosos. Escuchamos las bellas palabras: “Alegrémonos y gocemos- ya está cerca el Señor”.  En este mes de la cosecha, parece que hasta la Biblia nos habla de abundancia y de la providencia de Dios.  Nos hace recordar que estamos también invitados al banquete. 

 

El Evangelio pone el banquete en contexto.  Es un banquete de bodas para el hijo del rey.  Podemos imaginar todas las preparaciones, los meses antes, durante los cuales los sirvientes estaban ocupados con los detalles.   La noticia de la boda estaba  proclamada en toda la nación.  Los invitados hubieran preparado con mucho cuidado y anticipación.  Nos encanta la idea de una boda, y esta boda era de suma importancia.  Uno puede imaginar cómo sería sentarse en la mesa con los recién casados, famosos, ricos y generosos.       

 

Sabemos que la cultura de Israel era muy susceptible a las cosas del honor y de la vergüenza.  Dentro de esta realidad, se puede imaginar cómo se sentía el rey cuando aprendió que nadie quería asistir a su banquete.  Los primeros invitados dijeron que no;  los demás invitados igual.  Al final el rey mandó a sus criados a invitar a cualquier persona que se encontrara en el camino, buenos o malos.  Pero el insulto siguió cuando llegó alguien sin traje de fiesta.  El pobre rey no pudo aguantar más el desprecio de su gente. 

 

En el círculo religioso del tiempo de Jesús, todos sabían que el reino de Dios estaba representado como un banquete de boda.  El pueblo judío consideraba la alianza sellada con ellos por Dios en el Sinaí como una boda entre Israel y Dios mismo.  La llegada del Mesías se esperaba como una renovación de la alianza de boda.  Rechazar al Mesías era rechazar la invitación al Reino.  En la parábola, Jesús habla con los sumos sacerdotes y los maestros de la ley.  Esta es la clase de gente que estaba invitada y quienes aceptaron la invitación.  Son ellos que habían prometido fidelidad al único Dios verdadero.  Son ellos que se comprometieron a llevar una vida de justicia y de rectitud.  Son ellos que tenían la carga de hacer manifestar la compasión y misericordia de Dios. 

 

Pero por su comportamiento, su manera de vivir, y sus acciones, era claro que estos maestros y sacerdotes no actuaron de acuerdo con la invitación que ellos habían recibido.  Podemos decir que eran ellos que llegaron al banquete sin un traje de fiesta.  Estaban presente, pero no como reflejo de la bondad de Dios. 

 

Sabemos que por medio de nuestro bautismo, estamos invitados a la boda del Señor, al Reino de Dios.   Recibimos una ropa blanca que significa nuestro compromiso a vivir de acuerdo con la dignidad de nuestra vocación, de llevar una vida de fidelidad, de compasión, de misericordia de generosidad, y de amor.  Renovamos este compromiso cada vez que recibimos la Santa Comunión.  Nos acercamos al banquete, saciándonos con la abundancia de la mesa del Señor, para después ofrecer esta misma abundancia a los demás.

 

Hoy es buena oportunidad para dar gracias por la abundancia de las bendiciones que ya recibimos.  Nos llenamos de gracias por nuestro bautismo, nuestra fe, y la invitación continua de acercarnos a la mesa del Señor en la misa.  Y pedimos la gracia de mantenernos fieles, llevando nuestra ropa de boda como símbolo de nuestra elección por Dios. 

 

Sr. Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>

 


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