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Palabras para Domingo

9.22.19

Amos 8: 4-7

Timoteo 2: 1-8

Lucas 16: 1-11


 

Hoy escuchamos la voz de Amos, de profesión agricultora y ganadera, llamado por Dios a la vocación profética.   Vivió en tiempo de estabilidad política y prosperidad económica.  Pero como siempre, la riqueza no estaba bien distribuida.  Había abismales diferencias económicas e intolerables injusticias.  Los pobres vivían en miseria y los ricos en lujo.  La sociedad de los judíos estaba corrompida por la injusticia económica.

 

Amos se dedicó a la denuncia de la codicia humana y el afán de lucro.  El insistió en la unión entre el culto a Dios y la práctica de la justica.  La lectura hoy es un ataque contra los que “buscan al pobre solo para arruinarlo”.  El denuncia a los comerciantes sin escrúpulo que ofrecen culto, pero que no pone importancia en la persona que explota.  Denuncia también a un culto que se absolutiza y no toma en cuenta la moral.  El termina su denuncia con las palabras, “El Señor, gloria de Israel, lo ha jurado: “No olvidaré jamás ninguna de estas acciones”.

 

Creo que, al leer la lectura del profeta, es imposible no pensar en la vida de hoy.  Seguro que todos conocemos a familias que están en la lucha para pagar su renta, comprar comida y cubrir los gastos de la familia.    Las mismas circunstancias existen como en tiempo de Amos.  Hay abismales diferencias económicas e intolerables injusticias en nuestra sociedad.  Y cuando miramos a Washington, vemos feroces debates acerca de quien debe recibir un recorte de impuestos o recibir seguro de salud.  ¿Donde está la voz de Amos, una voz profética que defiende a los pobres y denuncia la codicia humana?

 

En cuanto al Evangelio, nos llama fuerte la atención las últimas palabras, “No pueden ustedes servir a Dios y al dinero.”  No hay una condenación del dinero, sino una condenación de hacerlo la prioridad de la vida.  Los que están dispuestos a explotar a los pobres, los que están listos a negar las necesidades de los desamparados, los que están aprovechando del trabajo de los indocumentados, estos son los culpables.

 

Creo que el Evangelio nos invita a considerar una pregunta clave, :¿De quién es este mundo?”  Si creemos que el mundo pertenece a Dios y que somos nosotros sus administradores, entonces tenemos la responsabilidad de manejar los bienes del mundo según la voluntad de Dios.  No somos libres de acumular todo lo que podemos para nuestro uso personal.  Tenemos una obligación de administrar nuestros bienes a favor de los demás.

 

Escuchando las noticias o viendo la televisión hoy, es imposible no enfrentar los crises que existen en este país.  Hay una crisis de inmigración, un crisis del cambio de clima, de la economía para los agricultores de este país, del sueldo insuficiente para los trabajadores de nuestras comunidades. Y un sin número de ejemplos mas.  Estos asuntos no podemos resolver solos, sino usando nuestro poder de escoger representantes que tengan la valentía de hablar en favor de la justicia.

 

El Papa Francisco en su carta Laudato Si, habló fuerte de cómo debemos tomar en cuenta la situación de los pobres en nuestras acciones.  Es una consideración fuerte en nuestra vida personal, pero también en nuestra acción como cuidado del este mundo.  Dios nos a dado el gran don de la libertad, pero este don viene con responsabilidad.  Nos toca usarla por el bien del mundo.
 


Sr. Kathleen Maire -  kathleenemaire@gmail.com



 

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