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Homilías Dominicales


HOMILÍAS DOMINICALES DOMINGO
14 FEBRERO 2016 - (De Archivo)

1er Domingo de Cuaresma

Dt 26, 4-10

Salmo 90, 1-2. 10-11. 12-13. 14-15

Rom 10, 8-13

Mt 4, 4


El día de hoy celebramos el primer domingo del tiempo litúrgico de la

cuaresma. En la cuaresma la iglesia entra en un tiempo de 40 días antes

del memorial de la muerte y resurrección de Jesús. En el mundo bíblico,

el número 40 simboliza un tiempo de preparación: en el caso del antiguo

testamento, el número 40 representa los 40 años que el pueblo de Israel

tomó en su peregrinaje hacia la tierra prometida, una vez que hubieron

escapado de la esclavitud en Egipto; y en el nuevo testamento, el número

40 se refiere principalmente a los 40 días que Jesús estuvo en el

desierto, antes de iniciar su misión evangelizadora. Por eso, la iglesia

por todo el mundo toma este tiempo de cuaresma, de 40 días, para

conmemorar el peregrinaje del pueblo de Israel hacia la tierra prometida

así como el tiempo de prueba y preparación que Jesús tomó antes de

iniciar su misión de predicación del reino de Dios, antes de la Pascua.

Estos 40 días representan el tiempo de preparación, es un tiempo para

hacer una pausa en nuestras vidas y reflexionar sobre el impacto que

tiene o no tiene el mensaje de liberación de Jesús.

 

La cuaresma nos transporta a un espacio desértico (el desierto del

pueblo de Israel y el de Jesús). El desierto evoca símbolos de

austeridad, soledad, sequía, retiro. Es importante que durante este

tiempo nosotros tomemos un espacio para “recuperar nuestro desierto

interno”, un espacio de reflexión y de austeridad. Algunas personas

practican el ayuno, otras se limitan a vivir una vida austera.

Ciertamente vale la pena practicar austeridad en medio de una cultura

basada en el consumismo y en la adquisición de bienes materiales. El

ayuno nos sirve para contra-restar una cultura alimentaria compulsiva y

poco interesada en el cuidado del planeta, nuestra casa común.

 

Pero más que engancharnos en prácticas de tipo devocional o

individuales, la cuaresma debe ser una invitación a salir de nosotros

mismos y abrirnos a las personas que están a nuestro alrededor. El ayuno

sólo tiene sentido si dejas de consumir alimentos chatarra, si procuras

practicar el mercado justo, si tratas más dignamente a los trabajadores,

si practicas la hospitalidad, si protestas por el hambre en el mundo, si

te conviertes en un ejemplo de generosidad. De lo contrario, el ayuno

sólo se convierte en una práctica devocional “privada” que no transforma

para nada a tu comunidad o a la sociedad. La austeridad sólo tiene

sentido si buscas cambios en tu propia persona y en tus comportamientos

individualistas, si compartes (sobretodo con los más necesitados), si

realizar actos concretos de compasión y de caridad.

 

Durante este tiempo de cuaresma, los cristianos somos re-visitados una

vez más por Jesús en el desierto. Jesús no se deja llevar por la mera

satisfacción personal, no se deja tentar por el poder ni la fama. Los 40

días que Jesús pasó en el desierto reafirman su convicción de rechazar

el poder y la fama de los privilegiados, de quienes sólo llegan al poder

a través del aplastamiento y el sometimiento de los otros. Por eso,

durante este tiempo de cuaresma, los cristianos somos invitados a

caminar con Jesús en el desierto, y así aprender a salir de nuestra

“zona de confort”, aprender a rehusar al poder que sólo se obtiene

aplastando y oprimiendo a otros: a tu esposa o esposo, tus hijos, tus

compañeros de clase, tus compañeros de trabajo, la gente con la que te

relacionas todos los días.

 

En la actualidad sólo el 1% de la población es rica y poderosa, mientras

que el 99% vivimos con limitaciones y sin privilegios. Pero de este 99%

la gente más pobre, los indígenas, las mujeres, las minorías (raciales,

sexuales, económicas, migrantes) son los más vulnerables. Esto quiere

significa que aún falta muchísimo por cambiar, aún faltan

transformaciones radicales para cambiar este mundo de inequidad, un

mundo de privilegiados a costa del sufrimiento de muchos otros. Y la

iglesia católica no se queda atrás, lamentablemente. En la misma iglesia

se sufren violaciones de derechos humanos, se abusa, se pisotea la

dignidad de otras personas (porque son mujeres, homosexuales, migrantes,

etc). Hay iglesias en donde sólo el Padre o sacerdote tiene la última

palabra, en donde los sacerdotes no se interesan para nada en la vida de

los laicos, en donde los laicos no son invitados a ser líderes, en donde

los obispos sólo se preocupan por sus beneficios personales e ignoran el

clamor, el lamento de un pueblo que sufre de hambre material y espiritual.

 

Necesitamos hacer cambios y transformaciones revolucionarias, como lo

hizo Jesús con su misión apostólica. Por eso Jesús toma un tiempo para

prepararse, para lanzarse a una aventura que le costará su propia vida.

Y su sacrificio no fue en vano. Pues la muerte no es el destino final de

Jesús, su destino es la vida eterna. Esta vida eterna Jesús la comparte

con todos nosotros. Por eso no debemos temer al cambio, no debemos

acobardarnos a hablar, a realizar actos que transformen radicalmente

nuestras propias mentalidades, paradigmas y estructuras que tanto nos

oprimen.

 

Dios nos ha creado para ser felices, para ser libres. No nos ha creado

para vivir encarcelados por estructuras aplastantes, injustas,

violentas. El desierto es un símbolo de transición hacia la “tierra

prometida”, hacia un mundo mejor. ¿Cómo podemos contribuir a un cambio

verdadero: en mi persona, en mi familia, en mi entorno, en mi sociedad,

en mi iglesia, en mi país, en el mundo…? ¿Cómo podemos aprovechar este

tiempo y espacio de cuaresma para no dejarnos arrastrar por el miedo y

atrevernos a crear comunidades transformadoras, libres y felices?

 

Esta es nuestra vocación: ser felices, ser libres. Que este tiempo de

cuaresma transforme nuestros corazones temerosos en corazones valientes

para ir al mundo y encarnar con nuestras palabras y con nuestras propias

vidas el Reino de Dios, aquí y ahora.

 

Ángel F. Méndez Montoya, OP- CIUDAD DE MÉXICO.

 


 

EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA, 17 de febrero de 2013

 

Estimado lector:

 

La primera lectura (Deuteronomio 26:4-10) muestra la solidaridad entre

las generaciones del pueblo Israel.  Según el texto, el hombre tiene que

sacrificar a Dios las primicias de su cosecha porque Él les salvó a sus

antepasados de la esclavitud y les dio la tierra para colmar su libertad

con riquezas.

 

La segunda lectura (Romanos 10:8-13) también trata de la salvación, pero

en este caso la del pecado y la muerte.  Pablo afirma lo que debería ser

buenas noticias a los no judíos y los pobres: no se puede heredar la

salvación ni se puede comprarla.  Más bien, es regalo a todos que crean

en Jesucristo.  Pablo describe el acto de la fe como la correspondencia

entre el pronuncio de la boca y la convicción del corazón.  (Sin

embargo, no se debe pensar que la fe no esté relacionada con una vida

justa.)

 

Ciertamente es el evangelio (Lucas 4:1-13) que llama la más atención.

Siempre en el primer domingo de Cuaresma el pasaje evangélico de la misa

trata de las tentaciones de Jesús después de cuarenta días de ayuno.  Se

destaca el retrato de Lucas por poner la tentación en el templo de

Jerusalén como la última y más prominente.  Puede ser que Lucas sólo

quiera mantener buen orden; eso es, desde que Jesús morirá en Jerusalén

al final de su historia, Lucas quiere poner Jerusalén como el sitio de

la tentación final en el principio.  Sin embargo, también puede ser que

Lucas quiera denotar la tentación que trata de la religión como la más

perniciosa y la culminación de las tres.
 


 

EL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA, 17 de febrero de 2013

(Deuteronomio 26:4-10; Romanos 10:8-13; Lucas 4:1-13)

 

Es increíble el cambio.  Hace tres meses eran jóvenes rozando con

malicias.  Ya actúan como caballeros burgueses.  “Sí, señor, me gusta

ser marine” -- responderían a la pregunta si están contento. “Señora,

permítame sostener la puerta por usted” -- dirían a todas las mujeres

presentes.  Ya habiendo terminado el entrenamiento básico en Camp

Pendleton, los marines van para probarse como militares.  Son en un

sentido como encontramos a Jesús en el evangelio.

 

Después de cuarenta días de ayuno, Jesús siente hambre.  Su mente enfoca

en el pan y cómo conseguirlo.  Entonces escucha la voz del diablo

diciendo: “Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta

en pan”.  Si lo hace, Jesús no sólo podría alimentarse a sí mismo sino

también podría captar a todos los pobres por proveerles pan.  Sin

embargo, rechaza la tentación porque su cumplimiento también

significaría la pérdida de la libertad, y ésta en dos maneras.  Primero,

él debería al diablo por la inspiración para ganar pan. Y segundo, la

gente no lo seguiría porque enciende sus corazones con el anhelo de Dios

sino porque llena sus estómagos con el gusto de pan.   Es como nosotros

cuando ponemos como la prioridad más alta la satisfacción de los

apetitos.  Sea con el sexo, el vino, o los juegos de azar, la búsqueda

de placeres nos encadena de modo que seamos menos libres, menos humanos.

 

Los bienes materiales no son las únicas vallas que tenemos que saltar en

la vida.  Más retadores aún son los deseos del alma. Queremos ser más

reconocidos, apreciados, y admirados que los otros.  Por esta razón

algunos perjudicarían su salud física, no decir nada de su bien

espiritual, para llamar la atención de los demás. Recientemente se

quitaron las siete medallas de oro para el Tour de Francia del ciclista

Lance Armstrong porque usaba drogas en las carreras.  Parece que el Sr.

Armstrong quería ser número uno a todos costos.  No le importaba que

estuviera arriesgando la confianza de millones en el valor del esfuerzo

y la determinación, la integridad de los deportes, y su propia salud.

En el evangelio se le enfrenta a Jesús la tentación no sólo de tener la

fama de ser soberano del mundo sino también de tomar un atajo en el

cumplimiento de su misión a establecer el reino de Dios.  Sin embargo,

Jesús ve la seducción como es: una promesa vacía. Si él (o nosotros)

estuviera a arrodillarse ante el diablo, no tendría poder sobre el mundo

sino sería para siempre el títere de Satanás.

 

La última tentación muestra la astucia del diablo.  No sólo juega con

los apetitos sensuales y los deseos del espíritu sino también trata de

distorsionar la naturaleza de la fe.  Desafía a Jesús que actúe

imprudentemente creyendo que su Padre Dios lo salvaría.  Más

precisamente, pide a Jesús que se arroje del precipicio del templo para

probar si los ángeles lo atraparán antes de que se estrelle. Pero la fe

es nuestra sumisión a Dios no el intento de tenerlo doblado a nuestra

voluntad.  Hemos visto la distorsión de la fe en los abusos de niños por

algunos sacerdotes católicos.  Disimulados como hombres de Dios, los

sacerdotes explotaban a los inocentes. (Esperamos que por todos los

medios de que la Iglesia ha tomado en los últimos once años nunca ocurra

el abuso de nuevo.)  Se puede ver la tergiversación de la fe también

cuando la gente explota los sacramentos como solamente ritos para marcar

el paso de tiempo (el Bautismo para el nacimiento, la Santa Comunión

para la niñez, etcétera).  Como Jesús cuenta al diablo: “No tentarás al

Señor, tu Dios”, tenemos que tomar en serio los sacramentos como fuentes

de la gracia para vivir cercanos al Señor.

 

Nos gustan las historias de los pioneros.  Sea Daniel Boone en el

oriente o sea el Padre Junípero Serra en el occidente, nos llaman la

atención.  Saltaron las vallas de la vida cuando, a la misma vez, nos

abrieron los caminos para una tierra aún más dichosa.  Se puede ver a

Jesús también como pionero.  Como nosotros él tuvo que luchar para no

poner el pan como la prioridad número uno.  Por nosotros ganó la gracia

para que rechacemos las tentaciones y lo sigamos a la vida eterna.  Que

lo sigamos a la vida eterna.

 


 

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