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Homilías Dominicales

2.03.19

 

Jeremías 1: 4-5, 17-19

1 Corintios 12: 31-13:13

Lucas 4: 21-30

 


 

La pregunta que nos salta a los ojos al leer el Evangelio es “¿Qué pasó?”.  San Lucas nos dice que después de escuchar el pasaje del libro de Isaías que leyó Jesús, la gente se quedó admirada.  Estaban impresionados por su sabiduría.  Pero había algo distinto en su persona, algo que no les cayó bien.  Jesús no se contentó de leer la profecía de Isaías, ni de declarar que Él era el Mesías, el cumplimiento de las Escrituras.  Jesús seguía hablando de varias historias en la Sagrada Escritura de los judíos, señalando que Dios había escogido a extranjeros para demostrar su compasión y su poder.

 

Jesús hizo referencia a una viuda de Sidón.  Esta viuda era recipiente de un milagro. Dios hizo que no se acabó ni la harina y el aceite durante tres años y medio de hambre en el país.  Y vivían de eso la viuda, su hijo y el profeta Elías.  Jesús seguía hablando de Naamán, un leproso de Siria, que se curó al escuchar al profeta Eliseo.   En los dos ejemplos, los justos no eran judíos.  Eran extranjeros, no de la religión del pueblo escogido, los elegidos de Dios.  Y la gente en la sinagoga escuchando Jesús sabía que Jesús estaba señalando que ellos no eran dispuestos a aceptarle a Él como Mesías.  Con esto, se enojaron y querían despeñarlo por la barranca de la ciudad. 

 

Su problema era que Jesús estaba indicando que Dios es libre de usar cualquier persona que sea para demostrar su bondad y misericordia.  Si, era verdad que los judíos formaron el Pueblo Escogido, pero el amor de Dios no se limita ni por raza ni por religión.  Seguro que la gente en la sinagoga era gente buena, observando la ley, escuchando la palabra de Dios.   Pero tenían su manera de pensar, sus convicciones, una certeza que su entendimiento de la ley era la única manera de entenderla.  Se había puesto su propia experiencia, su propia historia y su propia cultura como la norma.  Con esta mentalidad, cualquier cosa diferente era inferior, de menos valor, y no digno del amor de Dios.

 

Podemos ver la misma cosa hoy en día.  La tendencia humana es ponernos a nosotros mismos como la norma de lo que es bueno y fiel a Dios.  A veces encontramos a católicos que creen que Dios no ama tanto a los musulmanes, o que Dios no se preocupa de su gente.  A veces mismo dentro de la Iglesia, hay personas que se sienten superiores por pertenecer a los cursillistas o a los carismáticos.  O peor todavía, católicos fieles que comulgan cada día, pero desprecian a la gente que vienen a la misa solamente uno o dos veces al mes.  Son semejantes a los que aprecian las palabras de Jesús cuando les caen bien, pero las rechazan cuando les cuestan generosidad o sacrificio.

 

Y vemos la misma realidad dentro de nuestra nación.  En el gran debate sobre ayuda a los pobres, vemos que mayormente la gente que está opuesta a una expansión de ayuda son los que ya tienen buen suficiente.  Parece que ellos piensen que como ellos mismos han trabajado, han ganado bien y ahora pueden pagar sus gastos, que los demás pueden y deben hacer lo mismo.  Se ponen al centro de su universo y creen que todos deben hacer igual como ellos.  Y caen en la misma trampa en cuanto a la inmigración, a los beneficios para los ancianos y para los desamparados.

 

Las lecturas hoy nos dicen que la palabra del profeta consuela, pero también nos desafía.   Al principio, la palabra de Jesús dejó la gente en admiración, pero al final, les molestaba.  Como dice San Pablo, el amor que Jesús predica es comprensivo, servicial y no tiene envidia.  No es presumido ni se envanece, no es grosero ni egoísta.  El amor no se irrita ni guarda rencor, no se alegra con la injusticia.  El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites.  En breve, nos cuesta. 

 

Según el Evangelio, la única manera de aceptar la palabra de Jesús es no ponernos al centro del universo, sino aceptar que nuestro Dios es grande, es misericordioso y es compasivo para todos.  Aún más, nos invita a reconocer a los extranjeros, a los diferentes, y a los despreciados como hermanos y como hermanas.  Pero nos promete que si podemos amar así, conoceremos de verdad a Dios. 

 

Sr Kathleen Maire  OSF

 


 

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