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Palabras para Domingo

XXII Domingo Ordinario

Eclesiástico 3:19-21, 30-31

Hebreos 12: 18-19, 22-24

Lucas 14: 1, 7-14          


 

Si preguntamos a un niño o una joven quien es su ideal, probablemente vamos a escuchar el nombre de un jugador de deporte, una estrella de cine, o un cantante popular.   Estas personas tienen importancia y dinero; están reconocidos en los periódicos y televisión.  Su cara aparece en las revistas que les gustan a los jóvenes.  Están conocidos por su talentos y éxito.  Están invitados a participar en celebraciones y eventos públicos. 

 

La cultura popular pone importancia en excelencia, no solamente en deportes y artes, sino en negocios y profesiones.  Esto no es malo, porque los talentos que uno tiene son dones de Dios.  Es importante que utilizamos estos talentos por nuestro propio bien y el bien de otros.  En la parábola de los talentos, vemos que Dios castiga al hombre que enteró su talento y lo devolvió al dueño en la misma cantidad.  Dios quiere que utilizamos nuestros dones y lo mejor que son, más responsabilidad tenemos de desarrollarlos. 

 

Sin embargo, el mensaje del Evangelio es claro.  Jesús quiere la humildad.  El da unos ejemplos de la humildad que no dejan duda de su importancia.  Entonces, vale la pena pensar en el sentido de la humildad.  La verdadera humildad depende de nuestra actitud y el reconocimiento de que Dios es el dador de todo lo bueno que somos.  Tenemos que hacer lo mejor que podemos, no para ganar sobre los demás, sino para desarrollar nuestros dones.  Nuestra meta no debe ser vencer a los demás, sino usar lo bueno que tenemos para el mejorar el mundo. 

 

A veces caemos en una trampa cuando pensamos en la humildad.  Podemos actuar públicamente como si fuéramos humildes, pero dentro del corazón, pensamos que somos mejor que los demás.  Mismo en cuanto a la religión, puede ser así.  Gente que asiste a la misa cada semana y reza diariamente, piensan que son mejor que otros que asistan a la misa de vez en cuando.  Gente que donan generosamente a la Iglesia se consideran mejor de otros que dan poco.  Gente que observan los mandamientos se juzgan mejor que otros que caen en desgracia.  Eso era la situación de los fariseos en el tiempo de Jesús. 

 

Vivir con humildad es difícil.  Todos necesitamos el aprecio y la aprobación de otros.  Es una de las necesidades reconocidos por los psicólogos.  Si un niño no lo encuentra en sus papas, puede llegar a tener problemas después en la vida.  Sin embargo, tenemos que aprender que nuestro valor como persona humana no depende de nuestros dones y éxitos, sino de nuestra relación con el Dios que nos hizo. 

 

Nuestra oración hoy debe ser que no gastamos tiempo tratando de convencer a otros de nuestra importancia; que no reclamamos premios por nuestras acciones; que no nos consideramos mejor que los pobres y desamparados.  Mas bien, debemos rezar que encontramos lo mejor en cada persona, reconociéndolo como hermano y hermana, como hijo o hija de una Dios bondadoso que quiere lo mejor por todas sus criaturas.
 


Sr. Kathleen Maire -  kathleenemaire@gmail.com



 

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