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Palabras para Domingo

08-25-2019

XXI Domingo Ordinario

Isaías 66: 18-21

Hebreos 12: 5-7, 11-13

Lucas 13: 22-30

 


 

Es posible que muchos de nosotros hayan tenido la misma pregunta a varios momentos de la vida.  “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”  Pensando en los millones de personas en el mundo; pensando en las muchas religiones cristianas y no-cristianas; pensando en

tantos que no hayan escuchado el nombre de Jesucristo, podemos tener la misma duda.  Y las varias respuestas posibles no nos parecen buenas.  Si son pocos los que se salvan, nos parece injusto.  Si son casi todos que se salvan, porque seguir el camino difícil, especialmente un camino que llega a la cruz.

 

Fijamos que Jesús no contesta directamente la pregunta del hombre.  El responde que cada uno tiene que entrar por la puerta angosta.  La gente entendía perfectamente lo que dijo Jesús.  La puerta angosta era una puerta pequeña que permitía paso cuando la puerta grande de la ciudad estaba cerrada.  Uno tendría que agacharse y pasar con mucho cuidado.  Y el paso dependía de alguien de adentro que estaba de acuerdo en abrirla.  Para pasar por la puerta angosta, era necesario tener derecho de entrar, tener familia o negocios que servía como prueba de carácter. 

 

En este ejemplo, la puerta no estaba abierta a todos.  Tal vez estas palabras cayeron mal a los que oyeron a Jesús.  Ellos pensaron que por ser descendientes de Abraham, tenían derecho de entrar en el Reino de Dios.  Para ellos, el observar la ley en todos sus detalles era el único criterio para la salvación.  Pero en sus ejemplos, Jesús está diciendo que no es suficiente estar parte del pueblo de Israel.  Si uno no extiende la mano a los necesitados; si uno no ayuda a los pobres; si uno no perdona a los pecadores, el simple hecho de ser judío no garantizó un lugar en el Reino de Dios.

 

Jesús seguía diciendo que los extranjeros, los del este y del oeste, del norte y del sur, o sea los paganos, tendrían derecho de entrar antes de los que se justificaban en sus propios ojos.  Estas palabras causaron susto y cólera entre los oyentes.  Parece que Jesús estaba rechazando todo lo que habían aprendido de los judíos como el pueblo escogido.    En realidad, Jesús estaba diciendo que el Reino de Dios es para todos, todos los que viven según su ley de amor y de perdón.

 

Tal vez estamos acostumbrados a pensar así, que el Reino es para todos.  Pero vale la pena pensar en los que consideramos como enemigos.  Nuestro país siempre tiene enemigos- puede ser los que tiene la religión de islam; los que cruzan la frontera sin papeles legales; los que viven en países no democráticos.  En nuestro vecindarios, los recién llegados corren el riesgo de caer bajo sospecho.  Y escuchamos a menudo las palabras de deprecio que usa la gente por los que no les cae bien.  Como reaccionaremos si Jesús dijo que son ellos que van a entrar en el Reino antes de nosotros.  

 

Lo que aprendemos hoy es que la pregunta importante no es acerca de cuantos van a salvarse.  La pregunta importante es acerca de nuestras acciones e intenciones.  Si vivimos con acciones que indican al mundo que el amor y el perdón son las características de  nuestra religión, pasaremos por la puerta angosta. 

 


Sr. Kathleen Maire -  kathleenemaire@gmail.com



 

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