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Palabras para Domingo

7.28.19

Génesis 18: 20-32

Colosenses 2: 12-14

Lucas 11: 1-11


La semana pasada escuchamos a Jesús alabando de una manera de orar, la de sentarse tranquilo escuchando la palabra.  Esta es verdaderamente una buena forma de oración.  Generalmente pensamos a los santos y practicando esta clase de oración, pero es para cada uno de nosotros también.  Nos conviene sacar un momento cada día cuando podemos callarnos en la presencia de Dios y abrirnos a su voluntad.  Puede ser cuando contemplamos la naturaleza o el misterio de la vida; cuando vaciamos la mente para enfocarnos en nuestra respiración; o cuando miramos una imagen o una representación de Dios.

Pero hoy las lecturas nos presentan otra clase de oración.  En el libro de Génesis, encontramos un diálogo algo chistoso entre Abraham y el Señor.  El intercambio es casi un juego, con Abraham empujando los limites de la paciencia del Señor.  Lo interesante es que Abraham parece culpar al Señor por el destruir a los justos junto con los malos.  Al final de todo, ni se encuentra diez justos en la cuidad, pero el punto del relato es la compasión de Dios y el deseo de salvar a los justos.  Tal vez podemos reconocernos en la persona de Abraham, regateando con Dios acerca de nuestros pecados, de nuestros deseos, o de nuestras preferencias.

En el Evangelio hay varios ejemplos de oración.  La parábola del hombre que levanta a su vecino a medianoche es otro ejemplo chistoso de alguien insistiendo en su necesidad, en este caso una obligación de hospitalidad.  Parece que Jesús está indicándonos que podemos ir a Dios con nuestra molesta insistencia, con confianza de que al final de cuenta, Dios nos concederá lo que pedimos. 

Yo creo que el punto importante de la lectura no es que vamos a conseguir siempre lo que pedimos.  En verdad, la vida nos enseña que esto no es el caso.  El teólogo Karl Rahner nos dice que pedir algo en el nombre de Jesús quiere decir identificar con su persona de Jesús, conformarse con su ser, transformarse con su fe y su amor.  Si nos dejamos vivir con el Espíritu de Jesús; si somos templos de su presencia; si vivimos con su amor y su compasión; entonces nuestra oración es verdaderamente la oración de Jesús. Así nuestro oración es sencilla, sincero y sin pretensiones.  Nuestra oración es la misma oración de Jesús, “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino.”

“Venga tu Reino”, son las palabras que Cristo nos enseñó y que decimos a menudo.  Pero es una petición profunda.  Cuando decimos estas palabras, estamos comprometiendo a crear el Reino de justicia donde nadie sufre hambre ni pobreza; donde todos tienen suficiente para vivir con la dignidad de los hijos de Dios; donde no hay ricos y pobres basados en un sistema de explotación; donde hay trabajo para todos los que pueden esforzarse; donde todos tienen derecho a la salud y a la justicia; donde todos tienen suficiente para verdaderamente gozar del recreo y descanso; donde la compasión dicta el comercio.

Es cierto que hay muchas maneras de orar y cada cual tiene su preferencia.  Pero les invitamos hoy a meditar las sencillas palabras, “Venga tu Reino”, y tratar de decirles con la misma actitud de Jesús.


Sr. Kathleen Maire -  kathleenemaire@gmail.com



 

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