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Palabras para Domingo

XV Domingo Ordinario

Deuteronomio 30: 10-14

Colosenses 1: 15-20

Lucas 10: 25-37


 

La pregunta del doctor de la ley “¿Y quién es mi prójimo?”, es una pregunta que tiene valor para nosotros hoy en día.  Estamos acostumbrados a pensar en nuestros prójimos como los que viven en nuestro vecindario, o los que conocemos de la Iglesia, o los que nos parecen de rasa, de idioma o de clase.  Era así en el tiempo de Jesús.  Para los judíos, el prójimo era una persona de la familia extendida o de la misma tribu, pero siempre un judío.  La novedad de la parábola es que Jesús presentó al Samaritano, enemigo tradicional, como el prójimo.

 

Creo que sería raro que alguien hoy pudiera pasar a una persona herida en la calle sin sentirse movido de compasión.  Pero el punto clave es que el sentir compasión no es suficiente.  El Samaritano tenía que moverse a acción para demostrar su compasión.  Reconocemos que el sacerdote y el levita en el camino eran personas buenas, viniendo de Jerusalén donde habían cumplido  sus deberes religiosos.  Ellos tal vez no sabían si el hombre herido era vivo o muerto, y según la ley, si hubieran tocado a un muerto, saldrían impuros.   Pero en la parábola, ser religioso y puro no era suficiente.  Jesús quiere más; quiere una verdadera compasión que es difícil e inconveniente.  

 

Entonces, “¿Quién es el prójimo hoy?”  No podemos limitar nuestra definición a parientes y vecinos.  Pensamos en el gran debate sobre el seguro de salud.  La preocupación más grande para muchos ciudadanos es la presencia de inmigrantes con o sin documentos.   Tienen miedo de que ellos tuvieran que pagar más si los inmigrantes viven en su comunidad.   La oposición se basa en dinero y no en la compasión.  La verdadera compasión que requiere Jesús puede ser difícil e inconveniente.

 

Vemos el terrible ejemplo de lo que está pasando en nuestra frontera sur el con rechazo de los que piden asilo, la separación de niños de sus padres, la amenaza de la migra en las casas de los que están trabajando por años aquí, la muerte de niños por falta de atención medica, y tantas cosas más.   La acción de actuar en contra de personas de otros países se base en el miedo: miedo que los ciudadanos no encontrarán trabajo o que tendrían que pagar por la educación de más niños o pagar por otros servicios sociales. La fuerza del miedo es tan grande que resulta que gente que se considera buena y religiosa se deja llevar por la injusticia.  Otra vez la verdadera compasión es difícil e inconveniente.

 

En estos ejemplos, no es cuestión de un individuo.  Trata de situaciones que tocan a clases enteras.  Y es solamente por fuerza de ley que podemos cambiar estas situaciones de opresión.  Nos toca como cristianos llamar la atención de nuestros oficiales a la necesidad de compasión, la compasión del samaritano que se preocupa por las necesidades de gente ajena.  El derecho a la vida no termina con el nacimiento del bebe.  El derecho a la vida incluye el derecho a todas las posibilidades de la vida humana.

 

La compasión del Evangelio no es un sentimiento de cariño o de afección.  La compasión del Evangelio se expresa por acción, acción que va en contra de las creencias de mucha gente buena.  Esta clase de compasión lleva consigo obligaciones y responsabilidades por la gente sufrida.  Es una compasión difícil e inconveniente, pero es la compasión que quiere Jesús.


Sr. Kathleen Maire -  kathleenemaire@gmail.com



 

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