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Homilías Dominicales


11º de noviembre 2018

 XXXII Domingo ordinario
Leccionario:
155

1 Rey 17, 10-16

Salmo 145, 7. 8-9a. 9bc-10

Heb 9, 24-28

Mc 12, 38-44


No cabe duda de que a Dios se le puede experimentar en medio de las paradojas. Una paradoja expresa contrastes que sorpresivamente llegan a convergir, es algo que aparentemente no tiene lógica o que presenta otra lógica. La tradición bíblica, en particular, contiene algunas paradojas muy profundas respecto a Dios. Las narrativas bíblicas están llenas de imágenes, símbolos y experiencias de un Dios todo poderoso y trascendental, pero no obstante radicaliza su vulnerabilidad al humanizarse, al hacerse carne, incluso morir. Dios es plenitud y superabundancia, pero también se vacía, se da a sí mismo sin reserva, es donación pura. Dios ocupa otra realidad, es totalmente Otro al grado de ser inefable, indecible, y, sin embargo, al mismo tiempo, Dios está muy cerca de nosotros: más cerca de nosotros de lo que nosotros pudiésemos estar de nosotros mismos –como algunas personas místicas lo han expresado.

 

Las lecturas de este domingo no son la excepción de estas “paradojas de Dios” o del “Dios de las paradojas”. El ejemplo de las paradojas divinas está representado, tanto en el Antiguo Testamento como en el Evangelio de Marcos, por una anciana viuda y pobre, anónima. Tanto en el Primer Libro de Reyes, como en el Evangelio, la mujer anciana vive en un extremo estado de precariedad, despojadas hasta de lo más básico para su sobrevivencia, sin ni siquiera un trozo de pan, escasamente con un puñado de harina y un poco de aceite; o con sólo dos moneditas de poco valor. Y sin embargo, paradójicamente, aquella que menos tiene y más comparte, es quien representa la plenitud y generosidad incomparable. Esto es todo lo contrario a los escribas, esa gente de la “elite”, los privilegiados socialmente: ellos no son generosos, actúan sólo por interés propio y sólo buscan ocupar los lugares de dominio, fama y poderío.

 

La paradoja consiste en que, entre más demos, más recibimos. Así es Dios: se entrega generosamente y esta auto-donación no le empobrece. Por eso, el mensaje de las lecturas de este domingo consiste en invitarnos a abrir nuestros corazones y a ser generosos, sin miedo a compartir algo de nosotros hacia los demás. Y esto no consiste en dar cosas meramente materiales. Más bien, es una invitación a dar algo de nosotros mismos, a entregarnos hacia los demás. A veces un simple gesto de bienvenida, hospitalidad y solidaridad es mucho más poderoso que cualquier bien material. Una palabra de apoyo, incluso una sonrisa y reconocimiento de la otra persona, muchas veces puede ser más efectivo y potente que cualquier otra cosa.

 

Tomemos un tiempo en silencio para reflexionar sobre aquellas personas que nos han dado tanto en nuestras vidas, a las cuales agradecemos por su generosidad. Agradezcamos la generosidad que hemos recibido de esas personas, que compartieron con nosotros quizás no solo algo material, sino afectivo y espiritual, con lo que nos han apoyado, reconocido y fortalecido cuando más lo necesitábamos. Pero también reflexionemos sobre todas las oportunidades que se nos presentan en la vida para ser generosos y dar de nosotros mismos a las personas más necesitadas, a quienes necesiten apoyo, a quien necesite gestos de hospitalidad y bienvenida.

 

La Eucaristía es una práctica de absoluta generosidad. Es la paradoja de Dios que se hace pan, alimento, hospitalidad plena. Al mismo tiempo, la Eucaristía es una celebración en donde Dios nos invita a convertirnos en “pan” para los demás, en nutrimento para quienes más sufren de hambre material, afectiva y espiritual. La Eucaristía expresa una paradoja similar a estas mujeres viudas de las lecturas del día de hoy: entre más se da y entre más compartamos, más ricos y abundantes seremos.

 

Fray Ángel Méndez, OP

mendezaf@hotmail.com

CIUDAD DE MÉXICO

 


 

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